Pequeñeces
Las de JRJ en Puerto Rico en su trato, difícil como siempre, con Ayala. Pellizcos de monja del cansado de su nombre en la época de la memorable revista La Torre. Ese y otros episodios se leen en Recuerdos y olvidos, las memorias de Ayala que publica Alianza en una edición revisada y puesta al día.
Y qué zumbón está Ayala en el resto del libro, qué mezcla de admiración y desprecio hacia el poeta de Moguer, hacia aquel dios menor deseado y deseante, al que no le regatea elogios como poeta ni reticencias como persona.
Inolvidable la escena que relata Ayala tras el viaje en barco que llevó a JRJ de Nueva York a San Juan de Puerto Rico. La llegada del moribundo titula con sarcasmo ese capítulo. Y es que entre el pasaje del barco corrió la especie de que aquel hombre era un artista seriamente enfermo.
Ayala fue a verle la misma mañana en que llegó. Lo cuenta en unas líneas divertidas y admirables:
Me tendió la mano desde su postración y, con sus ojos tristísimos más que con aquel hilillo de voz que apenas podía oírse, me hizo saber cuán enfermo estaba; que estaba mal, muy mal; que se moría; que esa misma noche, hacia las once, iba a entregar el espíritu. Varias veces insistió en anunciarme la hora de su próximo deceso.
La escena sigue: JRJ se recupera de pronto para preguntarse qué pintaba Cernuda, precisamente Cernuda, dando clase en un colegio de señoritas.
De Ayala, tan magistral en ese y en otros párrafos, era de quien decía JRJ:
-Aprendió a leer en mi casa; a escribir no, porque nunca ha sabido.
Y qué zumbón está Ayala en el resto del libro, qué mezcla de admiración y desprecio hacia el poeta de Moguer, hacia aquel dios menor deseado y deseante, al que no le regatea elogios como poeta ni reticencias como persona.
Inolvidable la escena que relata Ayala tras el viaje en barco que llevó a JRJ de Nueva York a San Juan de Puerto Rico. La llegada del moribundo titula con sarcasmo ese capítulo. Y es que entre el pasaje del barco corrió la especie de que aquel hombre era un artista seriamente enfermo.
Ayala fue a verle la misma mañana en que llegó. Lo cuenta en unas líneas divertidas y admirables:
Me tendió la mano desde su postración y, con sus ojos tristísimos más que con aquel hilillo de voz que apenas podía oírse, me hizo saber cuán enfermo estaba; que estaba mal, muy mal; que se moría; que esa misma noche, hacia las once, iba a entregar el espíritu. Varias veces insistió en anunciarme la hora de su próximo deceso.
La escena sigue: JRJ se recupera de pronto para preguntarse qué pintaba Cernuda, precisamente Cernuda, dando clase en un colegio de señoritas.
De Ayala, tan magistral en ese y en otros párrafos, era de quien decía JRJ:
-Aprendió a leer en mi casa; a escribir no, porque nunca ha sabido.


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